Mi ciudad
Algunas tardes me gusta enfundarme los cascos de mi Nokia y bajar a Madrid a darme una vuelta mientras escucho un poco de música. Y este sábado es lo que he hecho. Llego hasta Plaza de España en metro y subo Gran Vía hasta Callao y luego me meto por Preciados y bajo a Sol. Después cojo la Calle Mayor que me lleva sin querer, como algo que no tiene remedio, hasta el Palacio Real. Ahí, cuando voy acompañado me gusta tumbarme al sol.
Pero esta tarde he descubierto la cantidad de cosas que pueden pasar en un espacio tan pequeño. En Sol había unos manifestantes a los que no he entendido muy bien. Se supone que se manifestaban para protestar por la negociación con ETA, pero todos enarbolaban banderas de España y coreaban y gritaban consignas que no tenían nada que ver con el lema de la manifestación. Pero, bueno, ellos eran felices en la Puerta del Sol, a lo suyo y con su historia. Yo, con la mía.
Cuando cogí la Calle Mayor seguí encontrándome con algunas personas que enrrollaban sus banderitas como un tesoro y pa casa. Y ya antes de llegar a la Plaza de la Villa he descubierto que han peatonalizado todas las callejuelas de los Austrias y eso le daba otro aire al centro. Había mayores y pequeños, solteros y parejas, españoles y turistas en las terrazas o paseando. Y por el suelo, como si de un paseillo quijotesco se tratase, he ido recopilando frases entresacadas del Quijote.
Y al final de mi andadura, y sin Sancho cubriéndome las espaldas, y con Rocinante en el taller, no he llegado a un molino ni he visto a una Dulcinea. El camino del Siglo de Oro me ha empujado a las puertas del Palacio Real y sus jardines. Y allí unos dormían, otros charlaban en el césped, algunos patinaban, los visitantes se hacían fotos y yo miraba a todo el mundo. Y en los bancos de piedra del Palacio, que comunican con la Cuesta de San Vicente y con los jardines de Sabatini, había parejas dedicándose la tarde del sábado, ajenas a las protestas de unos cientos de metros atrás y a mi paseo. Había Quijotes y Dulcineas leyendo, mirándose y besándose, pero también en esos mismos bancos, que abrazan una fuente pequeña, había un par de Quijotes enamorados y dos bancos más a la izquierda otras dos Dulcineas, sin lanzas, y sin piedras con las que hacer su pared.
Ya en la Cuesta de San Vicente las banderas blanquiazules y un acento ché, que me ha transportado en cuestión de metros a la Argentina, me han llevado hasta la antigua Estación del Norte. El local Locos por el fútbol había reunido a un buen grupo de argentinos de Madrid para ver jugar a su selección esta tarde en el Mundial. Y allí estaban ellos disfrutando a ritmo de tango la victoria de los suyos frente a Costa de Marfil. Y yo mientras me he quedado esperando a que llegara mi autobús. Cuando venía para casa me he dado cuenta de que la luna llena de hoy se parece mucho a la del post de anoche... y así ha terminado mi paseo quijotesco.



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