Tardes con sabor y días de calles vacías

Creo que esta mañana he levantado yo mismo la persiana de Madrid y he ido pintando de azul el cielo conforme mi coche recogía la noche y la guardaba en su maletero. Íbamos mi "cupido" y yo estrenando el amanecer mientras hacíamos cosquillas a la carretera por cada una de las curvas que nos desafiaban, izquierda y derecha, derecha e izquierda, como bailando al ritmo de la música que me desperezaba en el interior. Somos un equipo fiel. Y así sin querer y siguiendo cada uno de los hitos del camino hemos llegado a nuestro destino habitual: El curro.
He dejado a mi fiel Rocinante aparcadito justo frente a mi ventana, para que pueda vigilarlo, con mis ojos de buho, de cualquier peligro. Creo que ahora está durmiendo en su trocito de parking, que cada mañana mido meticulosamente para dejar los espacios, cuatro, cuadrados perfectamente, aunque no siempre es posible. Pues él y yo hoy no estamos de puente. Hemos trabajado, y me acompaña donde quiera que yo voy, o casi casi siempre.
A última hora de la noche, porque aún no había amanecido, rastreaba con sus faritos algún resto de luz o de vida automovilística, pero nos hemos quedado a solas con el asfalto, que nos abría camino. Y es que hoy es festivo, pero nosotros, como valientes, hemos interrumpido nuestro descanso para venir hasta última hora de la mañana, para hacer que esto haya sido sólo un paréntesis en el sueño y de nuevo a descansar.
Ayer al final no fue una tarde de Templo, pero puedo decir y digo, y pongo a mi fiel cupido por testigo, ese ibiza negro, que disfruté de ella porque tuvo saborcito. Mis tardes de sabor son esas que surgen de la nada, que no pululan por tu cabeza cuando abres los ojos al despertarte y que se van haciendo como esos versos: "caminante no hay camino, se hace camino al andar". Pues eso. En buena compañía cuando la caló más caía y tras buscar sin éxito una colchoneta inchable de piscina recorrimos los rinconces del suroeste de Madrid hasta llegar a un paraíso del silencio y de la reflexión.
Pasamos Aldea del Fresno y de repente en una brecha que sangraba la carretera dimos un viraje y entre los cráteres de un asfalto lunar, subiendo y bajando con curvas para todos los gustos, descubrimos el inmenso y tranquilo embalse de Picadas. De repente el calor se refrescaba en las ondas de la presa. Nos esperaba paciente, lleno a rebosar de agua verde oscura con tan solo unas cuantas boyas visibles desde la superficie. Sola nos acompañaba juguetona la brisa del sureste bailando sobre el agua aquí y allá, mientras nosotros, al compás, peinábamos la orilla entre pequeños montículos y sin casi cobertura en nuestros móviles. Mi flamante Nokia 6280 agonizando con tan sólo una rayita de vida. Pero gracias a su capacidad de adaptación inmortalizamos el momento en sepia, en escala de grises y en colores. Apenas caminamos unos cientos de metros y merendamos entre los pinos mirando el embalse y dejando la mente escapar del cuerpo.
Ese es uno de los grandes momentos con sabor: Cuando te sientas sobre las agujas secas de los pinos y allí también sopla el viento jugando al escondite con el calor por el agua de Picadas. Entonces te pierdes en pensamientos o en la reflexión de lo bien que se está sin hacer nada. Siempre en buena compañía con un par de sunnys (que no sunnies) y unos "inyectados de chocolate". Y la tarde se prolonga al compás de las longevas horas del sol deverano que duran hasta que la luna sale a empujones.
El resto de la tarde fue también con sabor. Con sabor a cloro de piscina, toalla a la cintura, cielo blanquecino, a sol ahumado, montaña, relax, sueño, siesta, alguna risa, pizza, más fotos y nada importante. Precisamente nada importante es lo que también le da sabor de tranquilidad a esas tardes que se dejan caer en verano.
Y con esas nos fuimos a la cama, bajo una intensa luna roja, que se empeñaba en no dormir, quien sabe si para descubrir qué pasó con la Tía Turbina o por contemplar en silencio unos fuegos articiales lejanos. Con esa duda y custodiados por los gnomos de la noche nos dormimos. Si hoy se da bien, dentro de unas horas, más y mejor tarde con sabor. Prometo alguna fotito chula que dé testimonio. Por cierto ¿Encontrarían la charquita aquellos "nengs"?
He dejado a mi fiel Rocinante aparcadito justo frente a mi ventana, para que pueda vigilarlo, con mis ojos de buho, de cualquier peligro. Creo que ahora está durmiendo en su trocito de parking, que cada mañana mido meticulosamente para dejar los espacios, cuatro, cuadrados perfectamente, aunque no siempre es posible. Pues él y yo hoy no estamos de puente. Hemos trabajado, y me acompaña donde quiera que yo voy, o casi casi siempre.
A última hora de la noche, porque aún no había amanecido, rastreaba con sus faritos algún resto de luz o de vida automovilística, pero nos hemos quedado a solas con el asfalto, que nos abría camino. Y es que hoy es festivo, pero nosotros, como valientes, hemos interrumpido nuestro descanso para venir hasta última hora de la mañana, para hacer que esto haya sido sólo un paréntesis en el sueño y de nuevo a descansar.
Ayer al final no fue una tarde de Templo, pero puedo decir y digo, y pongo a mi fiel cupido por testigo, ese ibiza negro, que disfruté de ella porque tuvo saborcito. Mis tardes de sabor son esas que surgen de la nada, que no pululan por tu cabeza cuando abres los ojos al despertarte y que se van haciendo como esos versos: "caminante no hay camino, se hace camino al andar". Pues eso. En buena compañía cuando la caló más caía y tras buscar sin éxito una colchoneta inchable de piscina recorrimos los rinconces del suroeste de Madrid hasta llegar a un paraíso del silencio y de la reflexión.
Pasamos Aldea del Fresno y de repente en una brecha que sangraba la carretera dimos un viraje y entre los cráteres de un asfalto lunar, subiendo y bajando con curvas para todos los gustos, descubrimos el inmenso y tranquilo embalse de Picadas. De repente el calor se refrescaba en las ondas de la presa. Nos esperaba paciente, lleno a rebosar de agua verde oscura con tan solo unas cuantas boyas visibles desde la superficie. Sola nos acompañaba juguetona la brisa del sureste bailando sobre el agua aquí y allá, mientras nosotros, al compás, peinábamos la orilla entre pequeños montículos y sin casi cobertura en nuestros móviles. Mi flamante Nokia 6280 agonizando con tan sólo una rayita de vida. Pero gracias a su capacidad de adaptación inmortalizamos el momento en sepia, en escala de grises y en colores. Apenas caminamos unos cientos de metros y merendamos entre los pinos mirando el embalse y dejando la mente escapar del cuerpo.
Ese es uno de los grandes momentos con sabor: Cuando te sientas sobre las agujas secas de los pinos y allí también sopla el viento jugando al escondite con el calor por el agua de Picadas. Entonces te pierdes en pensamientos o en la reflexión de lo bien que se está sin hacer nada. Siempre en buena compañía con un par de sunnys (que no sunnies) y unos "inyectados de chocolate". Y la tarde se prolonga al compás de las longevas horas del sol deverano que duran hasta que la luna sale a empujones.
El resto de la tarde fue también con sabor. Con sabor a cloro de piscina, toalla a la cintura, cielo blanquecino, a sol ahumado, montaña, relax, sueño, siesta, alguna risa, pizza, más fotos y nada importante. Precisamente nada importante es lo que también le da sabor de tranquilidad a esas tardes que se dejan caer en verano.
Y con esas nos fuimos a la cama, bajo una intensa luna roja, que se empeñaba en no dormir, quien sabe si para descubrir qué pasó con la Tía Turbina o por contemplar en silencio unos fuegos articiales lejanos. Con esa duda y custodiados por los gnomos de la noche nos dormimos. Si hoy se da bien, dentro de unas horas, más y mejor tarde con sabor. Prometo alguna fotito chula que dé testimonio. Por cierto ¿Encontrarían la charquita aquellos "nengs"?



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