Ojos de cielo

Cuando salía del metro las luces de la fiesta no me cegaron y olía a calimocho. Gente joven. De nuestra edad, dispuesta a quemar hasta el último cartucho de ésta, la primera noche de fiesta y la primera de septiembre. Había comenzado una semana de baile, conciertos, fuegos y de calle. Y yo salía acelerado del metro, porque se me caían solas las palabras por su propio peso. Pasé corriendo. Te vi. No me paré y me aceleré para poder dejar aquí un pensamiento en blanco y negro. El de esta noche de viernes.
Por qué hoy. Me preguntaba de repente si te lo debo. No. Ni presión. Ni recompensa. Nada. Es o no es. Y esta noches es. En el metro miré el móvil y me acordé y entonces como cuando se forma una tormenta, la nube empezó a tomar formas onduladas y espesores de letras y aquello no hacía más que engordar hasta que ya muy redonda por las puntas empezaron a llover las palabras, que yo iba recogiendo por los vagones para traerlas hasta este rincón. Y aquí estoy destilándome.
Me preguntaba qué fue. Sé que esto no fue una isla, tampoco es una playa ni siquiera es un libro. Pero qué más da lo que las cosas sean cuando son bonitas. Da lo mismo ser el sol o ser la luna si cuando te paras a contemplar a cualquiera de los dos sientes que te gusta. Lo sientes. Entonces ante la duda de saber qué fue supe que esto fue el guión de algo llamado Pleasentville, adaptado a nuestro lugar con gente como tú y yo.
Y así fue, un maravilloso guión, que no hemos llevado al cine. No hemos conseguido vender ésta, nuestra bonita y repentina, sorprendente e intensa historia, a un buen director. No hemos interpretado el papel ni la película de nuestros sueños, porque tú y yo exigimos un amplio cartel con letras bellas, pero desapercibidas, que luzcan por sí solas y sean dignas de contemplar. Aún así empezamos a ensayar como dos actores novatos día a día con ese miedo, esa ilusión y el gusanillo de cualquier actor que quiere comerse el mundo. Y creo que lo hemos hecho.
Que nuestros escenarios no han sido millonarios, pero han tenido vida y se han vivido. Y lo hemos sentido en cada uno de los rincones y de las experiencias poniendo nuestro empeño, que al final es lo que cuenta, porque son las ganas de los dos las que nos llevaron a descubrir y redecorar lugares, bares, locales, playas, montañas, salas de cine, el sofá, el metro y hasta a nosotros mismos. Quizás de nuevo esos decorados no fueran los mejores por el bajo presupuesto, pero ahí estábamos nosotros para darle ese toque de ilusión impuesta en el guión. Un guión cargado de amagos, de ensayos de bellas palabras, de miradas cómplices y de abrazos para todos los públicos y reservados para otras edades.
Qué grandes han sido los diálogos de nuestro guión. Esas largas conversaciones de la vida en general, del sufrimiento, del amor, del sentido de la vida, de qué será de nosotros y de qué fue hasta ayer, hasta hoy. Esos diálogos que consiguieron acercar a los secundarios que al principio se cruzaron algunas palabras y terminaron por desayunarse mutuamente las vidas una mañana de sábado u otra de domingo. Qué bello es descubrirse con la palabra y esperar a que la palabra conquiste al espectador con la simple química de los actores.
Por eso aunque no hayamos estrenado película y tengamos nuestro guión guardado en una caja, éste se mantiene vivo. No tiene punto final. Hemos escrito solamente unas secuencias, unos diálogos y hemos probado nuestros papeles de secundarios, pero sé que ese guión, como el café que nos presentó, tiene mucha vida por delante. Este guión de nuestro Pleasantville que tuvo momentos de color y otros de blanco y negro pide más, pero más color.
De momento hoy, esta noche, calla en silencio, duerme, ajeno a la fiesta, al bullicio de la gente. Y es que hoy de madrugada, a medianoche, los fuegos no tendrán color, ni música, ni luz. Porque todo eso te lo has llevado tú en nuestro guión, ojos de cielo.



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