Albi
Henri y Anne Marie tienen en común Albi. Y Albi es una localidad del sur de Francia, de la región llamada Toulouse Lautrec. Y ambos tienen su historia, algo que pasaría desapercibido sino fuera porque el mundo se mueve y nunca estamos quietos y todos los días descubres cosas nuevas, que hacen interesante esa realidad que desconocemos.
Henri nació con todo el horizonte aparentemente despejado, porque era hijos de dos condes, ella y él: Toulouse y Lautrec. Ambos se enamoraron, aunque nada tenían que ver el uno con la otra. Y de esa unión además de generar mucha riqueza. pues vincularon todas sus propiedades, nació Henri. Pero la Providencia quiso que su vida tan perfecta se rompiera en cuando aquel niño vio el mundo. No sólo nació con un enanismo pronunciado sino que cayó de los brazos de su madre y eso le dejó marcado de por vida. Y lo suyo fue caer y caer hasta el vacío más oscuro. En vida.
Por su parte. Anne Marie, que decía que también nació en Albi, no tuvo la culpa de aterrizar en medio de las bombas de una Francia ocupada y otra colaboracionista en plena II GM. Lo de su madre no fue un parto fácil, pero la familia de Anne Marie hizo lo que pudo, para que ella creciera feliz junto a sus hermanos. Y no sólo era esta la carga a asumir sino que cada familia de Albis tenía la responsabilidad de ayudar en lo que pudiera de una familia de inmigrantes, que no traía nada al pueblo excepto un bagaje de dolor y sufrimiento y un equipaje de recuerdos. A lo más vestían la muda del exilio.
Así fue transcurriendo la infancia de ésta, mientras que Henri fue despreciado por su padre y decidió marcharse a París. Allí ante la opulencia de la capital se sintió obligado a buscarse la vida. Y lo hizo en los burdeles. Retrató a todo tipo de mujeres, captó de ellas su belleza, elegancia y su concepto de mujer más íntimo. Pero ahí quedó su trayectoria. Y es que la vida, que no le sonrió, decidió que un buen día esto se acababa, muy pronto, y Henri, para beneplácito de su padre, murió prematuro. ¿Qué hacer con sus pertenencias? Estaba claro. Quemarlas.
En este punto se cruzó el alcalde de Albis, que por esos guiños del destino, que nos hacen pensar en los caminos cruzados y en el por qué de las cosas, negoció con el rico conde. Y compró todas aquellas "malas" pinturas. El alcalde, español de origen, he aquí la gracia, decidió exponer todas aquellas "burdas" vidas a ojos de los habitantes de Albis. Mientras tanto Anne Marie creció cruzando un puente, el del río que sangra la vida del pueblo que comparte con Henri. Ese río vinculó, por decisión del alcalde español, las comunidades francesa y española. A petición del edil, como dije, cada familia francesa se responsabilizaba en plena guerra de otra española en lo que pudiera. Nunca hubo conflictos, ni robos, ni saqueos, ni guetos.
Dos alcaldes distintos y los dos españoles en dos vidas con un pueblo que tiene historia como las de: Anne Marie, que acabó casada con un español emigrado y Henri, que acabó siendo conocido como Toulouse Lautrec, el gran pintor cuyas obras póstumas han dado a Albi el lugar que le corresponde. Y entre ambas vidas dos alcaldes, paradójicamente, españoles. Hoy Anne Marie es mi profesora de francés y mi pueblo es ahora como su Albi natal.




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