sábado, diciembre 16, 2006

Una reflexión



Empiezan esos días de estrés en los que, no os descubro nada, todo el mundo compra creyendo que regala lo que "necesita" o "desea" el otro. ¿Es así de verdad? La gente alineada hace exactamente lo mismo a las mismas horas y no hay quien salga de casa, porque a todos se nos ocurre hacer lo mismo. Y es así todos los años. Me empiezan a estresar las "obligaciones" de estas fechas cuando lo que me gustaría celebrar serían otras cosas y caigo en la cuenta de que para celebrarlas no me hacen falta los pisotones por la calle, las aglomeraciones, los atracos con la tarjeta de crédito, el subo y bajo de las escaleras mecánicas, los quebraderos por saber qué regalar. Y es que realmente lo importante no tiene precio ni se regala. Se entrega. No se ve. Pero se siente. Se hace todo el año. Y ahora también lo puedes hacer pero hazlo con el corazón. De verdad. Y piensa que todos los meses pueden ser diciembre. Y piensa en lo que no cuesta y en regalar detalles que no tienen precio y que caducan de verdad, porque no siempre tendrás ese abrazo o ese beso de alguien a quien quieres. Nadie te asegura que seas dueño de una sonrisa que te hace feliz, ni siquiera la felicidad te la puedes colocar todos los días para salir a la calle e ir a trabajar. Aprecia y regala estos "pequeños detalles", que no se guardan en cajas con lazos ni papel luminoso y brillante de regalo. Demuestra lo que sientes, regala ese momento, tu tarde, tu compañía, porque estos regalos no duran para siempre y no hay que salir corriendo a por ellos ni devanarse los sesos para entregarlos. Llevan un sello, el personal; y una correspondencia, la de quien lo recibe. Son frágiles y valiosos. No son fáciles de encontrar. No se compran en las tiendas ni lo adquieres por correo.



Pregúntate "Where is the love". Date una respuesta. Búscala y síguela. Sobre todo nunca olvides (olvidéis) que aquello que hoy echas de más es posible que mañana lo eches de menos. Así son estos detalles, regalos que se diluyen. Tesoros que no tienen valor. Porque son incalculables, porque no se ven, ni se oyen, ni se palpan en los escaparates. Los llevamos dentro. El resto no son regalos.